Conociendo a Dios: Discipulado

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Compromiso

Entendiendo que el conocimiento verdadero de Dios es para todos los cristianos y no solo para los estudiantes de teología o eruditos, es necesario mencionar el discipulado como el segundo principio bíblico para conocer a Dios verdaderamente.

Y es que todo creyente que acaba de nacer de nuevo siente en su interior la necesidad de conocer al Señor que lo ha salvado. Ahora sus afectos son inclinados hacia el Señor y no hacia el pecado porque es una nueva criatura (2 Cor. 5:17).

Sin embargo, no basta con regalarle una Biblia al nuevo creyente y dejarlo a su suerte. Es necesario que exista un compromiso serio en el que un creyente más maduro o un ministerio de la iglesia pueda discipularle a fin de que crezca. Esto lo vemos a lo largo de las Escrituras.

Discipulado en el Antiguo Testamento

Por ejemplo, los encargados de discipular y guiar a las personas al conocimiento de Dios en Israel eran principalmente los padres de familia. Sin la labor de estos, el pueblo de Dios habría perecido más temprano que tarde, puesto que sin conocimiento de Dios, el pueblo perece: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Os. 4:6).

Por tanto, Dios diseñó un plan perfecto en el cual los más grandes guiarían a los más pequeños al conocimiento de la Ley de Dios. Este era un proceso interminable, puesto que cada generación que era discipulada tendría que discipular a la siguiente generación; de manera que esto aseguraría que el pueblo de Dios estaría constantemente conociendo al Dios que se había revelado a Israel:

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas. (Dt. 6:4–9)

Como el pueblo del pacto, Israel estaba en la obligación espiritual de conocer constantemente al Dador del pacto y los términos de este. Por tanto, los padres de familia y más adelante los sacerdotes y profetas se encargaban de enseñar el conocimiento más elevado que cualquier miembro del pueblo del pacto podría tener: el conocimiento de Dios.

Discipulado en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento también da testimonio del hecho que Dios ha diseñado un plan de discipulado generacional, en el cual los creyentes maduros enseñan a los creyentes recién nacidos de nuevo, de manera que éstos sigan creciendo y ayudando a otros a crecer. Nuevamente, el apóstol Pablo dice que Dios ha diseñado el ministerio de la iglesia para discipular y así perfeccionar a los creyentes:

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. (Efesios 4:11–16)

El discipulado perfecciona a los creyentes

La labor de discipular que los líderes y maestros de la iglesia han recibido tiene como fin perfeccionar a los santos, ayudándoles a crecer a la estatura de Cristo, de manera que no sean como niños, sin entendimiento ni firmeza doctrinal, sino que crezcan hasta el punto de conocer y defender la fe cristiana. Además, esta labor no es exclusiva de los que ocupan liderazgo oficial en la iglesia. Todo creyente que tenga algún tiempo y conocimiento de las cosas de Dios puede enseñar a otros a crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesucristo.

Eso es lo que dice el apóstol Pedro cuando manda a todos los creyentes a crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2 P. 3:18). En el contexto, los creyentes necesitan ejercitarse, discipularse unos a otros, de manera que no sean engañados por aquellos que tuercen las Escrituras.

Por tanto, el discipulado es esencial para el verdadero conocimiento de Dios.

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