Cristianos, cuidado con las Selfies

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Si de algo podemos estar seguros, es de cuánto y cuán rápido cambia el mundo. Muchas cosas que existen hoy probablemente no existían hace una semana, y ahora son virales. Los tan famosos y divertidos memes no siempre fueron un medio tan popular de comunicar cosas divertidas. Aun recuerdo cómo mi buen amigo Abner se la pasaba viendo desmotivaciones —cosa que nunca entendí, porque siempre he sido un poco sin gracia para muchas cosas.

Junto a los memes, las selfies inundan las redes sociales—las cuales constituyen un regalo providencial que es útil para tantas cosas buenas y provechosas—, y de esta manera se genera un fenómeno que yo podría llamar el «trastorno del selfie». Tal trastorno hace al individuo querer tomar fotos de sí mismo con el fin de buscar obtener la aceptación de otros en las redes sociales. Sé perfectamente que no hay nada malo con tomar fotos de nosotros mismos, es decir, no creo ser un amargado que quiere criticar todo al punto de llamar trastorno a algo tan bonito y distintivo de nuestra generación. Mi punto es que, cuando las selfies no se administran bien, fácilmente nos hacemos dependientes de ellas. Eso es en un marco general.

Ahora, mi preocupación más grande es que muchos cristianos estamos cayendo en ese problema y pareciera que no estamos dando gloria a Dios, que nuestras redes sociales son nuestras, y que precisamente se trata de nosotros y no de él. Cuando contrasto esa manera de pensar con la Biblia, me doy cuenta que algo no está bien en todo esto. Incluso al escribir este artículo pienso si será que yo mismo me estoy autopromocionando, y ruego a Dios que no sea así.

El ejemplo de Juan el Bautista

Uno de los ejemplos más grandes de humildad que encuentro en la Biblia es el de Juan el Bautista. Me encanta leer cómo Juan—aunque la mirada de gente estaba en él en ese momento—no tuvo problema en aclarar a los que habían sido enviados por los judíos que él no era el Cristo. Puedo incluso respirar cierta incomodidad y preocupación en sus palabras al aclarar que él no era el Cristo y que ni siquiera se consideraba digno de desatar el calzado de nuestro Señor.

El otro ejemplo que me impacta es cuando llegaron a avisarle que Jesús estaba bautizando al igual que él. En esa ocasión, en vez de sentir celos, declaró estas maravillosas palabras que todos deberíamos convertir en una forma de vida:

Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. (Jn 3:30)

Sin embargo, es necesario que Cristo ocupe el lugar más importante en nuestras vidas. Es necesario que todo lo que hagamos y digamos sea para la gloria de Dios, porque para eso hemos sido salvados, para Su gloria. Es necesario que las personas vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre (Mateo 5:16). Es necesario que nuestros perfiles tengan más de Cristo y menos de nosotros. Esa es la gran diferencia. No la perdamos de vista. Tengamos cuidado con las selfies.

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Me he mudado a vidateocentrica.com

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