La Gloria de Dios en la Adoración de su Pueblo

Image for post
Image for post
Photo de Jon Tyson en Unsplash

Venid, adoremos y postrémonos; Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. (Salmos 95:6-7)

¿Para qué vas a la iglesia?

Esta pregunta nos enfrenta con el verdadero motivo por el cual nos reunimos semana a semana. En muchos lugares las personas se reúnen porque quieren pasar un tiempo juntos; otros se reúnen específicamente para aprender de la Biblia y se la pasan leyendo y subrayando las Escrituras en los tiempos de adoración; mientras que hay un grupo que se reúne para cantar alabanzas que poco exaltan la gloria de Dios según él se ha revelado en las Escrituras. Pero ¿cuál es el verdadero motivo por el cual deberíamos venir a la iglesia?

El hermano R. C. Sproul escribió sobre esta cuestión en su libro Todos Somos Teólogos:

“La gente casi siempre va a la reunión de la iglesia primordialmente para compañerismo, educación cristiana o edificación, pero la razón principal por la que debiéramos unirnos con otros creyentes es la adoración al Señor.”

Esto está en sintonía con lo que el salmista escribe sobre el propósito por el cual somos llamados a reunirnos delante del Señor:

Venid, aclamemos alegremente a Jehová; Cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación. Lleguemos ante su presencia con alabanza; Aclamémosle con cánticos. Porque Jehová es Dios grande, Y Rey grande sobre todos los dioses. Porque en su mano están las profundidades de la tierra, Y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo; Y sus manos formaron la tierra seca. Venid, adoremos y postrémonos; Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. (Salmos 95:1–7)

Entonces, de entrada podemos aprender que cuando venimos delante del Señor para exaltarle como el Dios glorioso que es, él es glorificado mediante nuestro reconocimiento de su grandeza y poder y nuestra dependencia de él.

Lastimosamente, los seres humanos por naturaleza están alejados de Dios y no le glorifican como lo que es, sino que se enorgullecen y adoran a las criaturas antes que al Creador.

Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. (Ro. 1:21)

Por eso el hermano Sproul escribió lo siguiente en su libro:

“Como criaturas hechas a imagen de Dios fuimos diseñados para adorar a nuestro Creador, pero nos separamos de este propósito por nuestra naturaleza humana pecaminosa. Sin embargo, una vez que el Espíritu de Dios nos vivifica, nos imparte vida espiritual, tenemos una nueva capacidad de adoración. Desde lo profundo todos los cristianos anhelan encontrar una forma de expresar su adoración a Dios.”

Esta frase nos presenta una verdad gloriosa: hemos sido rescatados de nuestro vano razonamiento e idolatría y hemos sido destinados a tener una nueva capacidad para adorar a Dios, la cual nos ha sido dada por el Espíritu Santo que vive en nosotros. Ahora tenemos vida y vemos la gloria de nuestro gran Dios.

Sin embargo, también nos arroja un problema: Desde lo profundo, todos anhelamos encontrar una manera de expresar nuestra adoración a Dios. Es decir, todos sentimos el deseo de buscar maneras en las que podemos expresar nuestra adoración al Señor; lastimosamente, estas maneras de adorarle no siempre son todas dignas de él. Por tanto, es necesario que nuestra adoración sea regulada por la Palabra de Dios de manera que nuestro concepto de él y nuestra expresión de adoración se correspondan con lo que él ha revelado sobre sí mismo en las Escrituras.

Sí, podemos afirmar que Dios es glorificado cuando venimos y le adoramos, pero eso no es todo. Dios es verdaderamente glorificado cuando nuestra adoración es digna de él, cuando nuestra adoración se corresponde con lo que él nos ha dado a conocer sobre sí mismo. Sólo entonces es que Dios puede ser verdaderamente glorificado.

Por tanto, consideraremos cuatro puntos esenciales que nos ayudarán a comprender mejor cómo es la adoración que glorifica a Dios.

1. La adoración que glorifica a Dios es Teocéntrica

A lo largo de la historia bíblica podemos darnos cuenta cómo el pueblo de Dios es advertido contra la idolatría. De hecho, eso es lo que los primeros tres mandamientos establecen como regla inquebrantable para el pueblo de Dios:

No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. (Éxodo 20:3–7)

Si hay algo que el Señor protege, es su propio Nombre. Él mismo sabe que es un Dios perfectamente santo y glorioso y que no acepta absolutamente nada que sea pecaminoso ni una adoración idólatra.

Esto debería advertirnos sobre la manera en que muchas veces nos acercamos a Dios. Por ejemplo, gran parte de las alabanzas que cantamos están dirigidas a “inyectarnos fuerzas” y crear en nosotros una sensación de que somos campeones y personas que van por la vida derribando barreras en nombre de Dios. Las canciones hablan del “yo” más que del Señor; hablamos de arrebatar, derribar, salir adelante, ser guerreros, etc. Pero ninguna de estas alabanzas trae gloria a Dios porque ninguna le tiene a él como centro, sino al hombre.

Por eso el autor Gerald Nyenhuis advierte en su libro El Dios que Adoramos:

“Si la adoración ha de ser verdadera, tendrá que ser teocéntrica: una contemplación de Dios, no una contemplación del hombre en sí mismo.” (p. 11)

Debemos comprender entonces que si nuestras alabanzas no están centradas principalmente en exaltar los atributos de Dios y sus obras como están reveladas en la Biblia, entonces nuestras alabanzas no le glorifican. Son alabanzas dirigidas a cualquier cosa: al ser humano, a una idea errónea de Dios, a nuestras emociones, etc., pero no a Dios.

Para que nuestra adoración sea genuina, entonces, debe estar centrada en Dios. Debe ser una adoración teocéntrica.

2. La adoración que glorifica a Dios es Cristocéntrica

Este aspecto de la adoración es otro que está siendo opacado últimamente por las canciones centradas en el hombre. Incluso muchas veces podemos enfocarnos en la fidelidad de Dios, por ejemplo, y usarla para nuestros propios fines en la adoración. Estamos dispuestos a adorar a un Dios fiel cuando todo va bien en la vida; estamos dispuestos a adorar a un Dios bueno cuando en nuestra vida económica y nuestra salud todo parece ser bonanza.

Lastimosamente, al hacer esto estamos dejando de lado una verdad bíblica: todo lo que Dios es ha sido revelado en Cristo y por tanto nuestra adoración debe ser cristocéntrica.

El apóstol Juan escribe en el primer capítulo de su evangelio acerca de esta verdad:

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. (Jn. 1:18)

Lo que este versículo nos enseña es que el Dios santo al que nadie puede ver ha sido dado a conocer plenamente en la Persona de Jesús. Es el Hijo de Dios quien nos revela la plenitud de los atributos de Dios.

Sin la revelación del Hijo de Dios registrada en el Nuevo Testamento, nuestra adoración no podría estar completa porque el Padre diseñó este plan desde la eternidad para que el Hijo fuera exaltado y adorado sobre todo nombre:

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Fil. 2:9–11)

Es por esto mismo que Jesús declaró en Juan 5:23 que toda persona que da honra al Hijo también está honrando al Padre que le envió.

Dios es glorificado cuando los creyentes se reúnen para presentar adoración a su Hijo, quien fue inmolado y ha sido exaltado al lugar de más grande honor. Ese es el tipo de adoración al que estamos llamados y el tipo de adoración que practicaremos en el cielo: una adoración que exalta la Persona y Obra de Jesucristo (Ap. 5:12–14).

3. La adoración que glorifica a Dios es guiada por el Espíritu Santo

En muchos círculos cristianos se usa el Espíritu Santo como una excusa para toda clase de desenfrenos en los momentos de alabanza. Las personas afirman que si de repente una persona se tira al suelo gritando y echando espuma por la boca es porque el Espíritu la está usando. Pero eso no puede estar más alejado de la realidad.

Al hacer eso, las personas están ignorando el hecho bíblico de que Dios es un Dios de orden. De acuerdo a la Biblia, el Espíritu Santo, aunque es plenamente Dios y tiene los mismos atributos y gloria que las otras personas de la Trinidad, no se glorifica a sí mismo porque no es esa su función dentro del consejo de redención. Más bien, Dios el Espíritu Santo fue enviado el día de Pentecostés para guiar al pueblo de Dios a una verdadera adoración, una adoración ordenada y regulada conforme a la verdad bíblica.

Por eso es que Jesús dijo que, aunque tenía muchas cosas que enseñar a sus discípulos, prefería esperar a que ellos pudieran comprender esas verdades por medio del Maestro divino que vendría para glorificarle:

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. (Jn. 16:13–14)

¿Dónde vemos aquí al Espíritu Santo tomando protagonismo y arrojando a las personas al suelo, haciéndolas vomitar y gritar sin control? En ninguna parte del texto. Lo que sí encontramos es la promesa maravillosa de que el Espíritu Santo revelaría a los creyentes la verdad contenida en las Escrituras y les enseñaría para que conozcan al Señor verdaderamente.

Debemos tener cuidado de no atribuir al Espíritu Santo aquellas experiencias producidas por nuestras propias emociones, ya que, como hemos visto, Dios cuida su nombre sobre todas las cosas y no tendrá por inocente a cualquiera que tome su nombre en vano y le atribuya cosas que él no ha dicho ni ha hecho. Para conocer y adorar al Señor tenemos la palabra más segura (2 Pe. 1:19), la cual fue inspirada por el Espíritu Santo.

Sí, el Espíritu Santo guía nuestra adoración, pero en ningún momento lo hace por medio de verdades ajenas a la verdad revelada.

4. La adoración que glorifica a Dios es sincera y conforme a la Biblia

Habiendo entendido cómo es que la Trinidad está involucrada en nuestra adoración, hemos de hablar de los aspectos más subjetivos, es decir, de nuestra experiencia de esta actividad gloriosa a la que hemos sido llamados.

En su encuentro con la mujer samaritana, el Señor Jesús tocó aspectos esenciales que tienen que ver con nuestra experiencia de adoración. Luego de darle a entender que él conocía todo de ella, la conversación giró en torno a la adoración, ante esto, el Señor respondió:

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (Jn. 4:24)

Aquí hay dos condiciones básicas que Jesús menciona respecto a nuestra adoración: la sinceridad y la verdad.

Primero, cuando el Señor habla de adorar a Dios en espíritu, se está refiriendo a lo más profundo del hombre. Es imposible que Dios se agrade de una adoración hipócrita. Los que se acercan para cantarle y adorarle deben ser sinceros; no debe haber doble interés en el acto de la adoración.

Debemos entender que a Dios no le adoramos para obtener bendiciones de él. No impresionamos a Dios cuando le cantamos alabanzas; no estamos para convencerle de nada. Por ejemplo, cuando nosotros cantamos que él es santo y glorioso, no estamos diciendo nada que él no sepa. Dios se conoce y comprende a sí mismo como un Dios glorioso: Yo Jehová, y ninguno más hay: no hay Dios fuera de mí. (Is. 45:5). Por tanto, debemos entender que la adoración sincera es el sencillo acto de reconocer que Dios es glorioso y humillarnos delante de él al tiempo que le cantamos alabanzas dignas de su nombre.

Además, el Señor Jesús habla de que nuestra adoración debe ser en verdad. Esto debe advertirnos sobre lo que nosotros pensamos y decimos sobre Dios. Por muy sinceros que seamos en nuestra adoración, debe haber un parámetro que regule lo que cantamos y pensamos sobre Dios.

Ese estándar es la verdad, esa verdad que él ha revelado en las Sagradas Escrituras. Por tanto, nuestra experiencia de adoración debe estar caracterizada por un alto contenido bíblico. Lo que decimos de Dios es muy importante porque nadie más que él conoce lo que es cierto acerca de él. Dios se conoce perfectamente a sí mismo y seguramente se agrada o desagrada de lo que decimos sobre él en la alabanza dependiendo de qué tan cargadas de verdad están nuestras expresiones de adoración.

Conclusión

Como podemos ver, la adoración es una actividad solemne y sumamente importante en la vida de la iglesia. Para que Dios sea glorificado en nuestra adoración, debemos adorarle de manera digna de él. El Señor no aceptará como adoración nada que no esté conformado a su estándar de santidad.

“Cuando se pierde el concepto bíblico de Dios, se pierde el impulso a la adoración. El conocer a Dios de manera correcta tendrá efectos positivos en nuestra adoración así como en la celebración de nuestros cultos, a la vez que desarrollará nuestra filosofía cristiana de la vida.” Gerald Nyenhuis

Written by

Me he mudado a vidateocentrica.com

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store