La gloria de Dios en la comunión de su pueblo

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Foto por rawpixel en Unsplash

¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es
Habitar los hermanos juntos en armonía!
Es como el buen óleo sobre la cabeza,
El cual desciende sobre la barba,
La barba de Aarón,
Y baja hasta el borde de sus vestiduras;
Como el rocío de Hermón,
Que desciende sobre los montes de Sion;
Porque allí envía Jehová bendición,
Y vida eterna.

¿Disfrutas la comunión con tus hermanos?

Esta pregunta es muy importante, especialmente en el contexto de una cultura individualista en la que cada persona busca su propio bien y no el bien común. Muchos dicen que la relación con Dios es totalmente personal e individual y que para relacionarnos con él solo tenemos que “cerrar nuestros ojos” y orar o cantar. De hecho, a la hora de las alabanzas casi siempre cerramos los ojos para “concentrarnos en la presencia de Dios”, como si la presencia de otros creyentes fuera un distractor de la presencia de Dios.

Lastimosamente, muchas personas desarrollan cada vez más su hipocresía al vivir en la comunidad cristiana con el erróneo pensamiento de “juntos, pero no revueltos”. Este tipo de pensamiento impide claramente que podamos decir junto con el salmista que la comunión con nuestros hermanos es buena y deliciosa a nuestros corazones. Y en última instancia, impide que el Señor sea glorificado y derrame su bendición sobre su pueblo.

Dios ciertamente responde ante la unidad o división de su pueblo. Es más, podemos decir que un aspecto esencial de la glorificación del nombre de Dios es el nivel de comunión fraternal que los creyentes puedan tener cada vez que se unen en adoración y atención a su Palabra. Dios es glorificado en nuestra comunión como iglesia. Por tanto, abordaremos dos puntos esenciales sobre la comunión del pueblo de Dios y cómo esta trae gloria a Dios.

1. La belleza de la Comunión

La manera en que inicia este salmo es muy interesante (v. 1). El salmista está llamando a las personas en una reunión a darse cuenta de lo bueno y agradable que es habitar en armonía. Y es que antes de llegar al punto culminante en que veremos cómo Dios es glorificado en la comunión de su pueblo, necesitamos darnos cuenta que la comunión es buena para nosotros. Es por medio de la comunión que nuestros corazones son confortados y animados a seguir adelante.

La comunión viene de la cruz

Debemos recordar que la comunión que ahora podemos disfrutar tiene su punto central en la cruz de Cristo, pues el apóstol Pablo lo explica de esta manera en Efesios:

En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. (Ef 2.12–17)

Lo que Pablo está explicando a los creyentes de Éfeso es que Dios ha diseñado un plan de reconciliación en el que tanto judíos como gentiles toman parte por la gracia de Dios y el sacrificio de Cristo. No podría haber verdadera comunión con Dios si no fuera por su gracia y la sangre de su Hijo; pero tampoco podría haber verdadera comunión entre nosotros, si no fuera por la obra reconciliadora de Cristo en la cruz.

La gran importancia de esto es que nos ayuda a comprender que cuando venimos y nos reunimos como iglesia, no estamos en un club social en el que cada quien muestra su mejor rostro, sino que estamos presenciando una representación viva de la gracia de Dios, esa gracia que nos ha reconciliado con el Padre y con nuestros semejantes.

He aquí la razón verdadera por la que ningún ser humano puede lograr que haya paz en el mundo: la única verdadera paz con Dios, con el ser humano, con nosotros mismos, y con la creación solo viene por medio de la cruz.

Es en ese contexto que podemos unirnos como hijos de Dios adoptados en Cristo y comprender la alegría del salmista al exclamar que la comunión entre los hermanos es buena y agradable. Es bueno y agradable comprender que si no fuera por la intervención de la gracia de Dios no pudiéramos tener ni siquiera una pizca de comunión; todos buscaríamos nuestro propio beneficio, no habría paz, no podríamos entendernos ni aconsejarnos unos a otros porque todos estaríamos enemistados.

Es muy posible que este salmo haya sido cantado después del exilio, durante el tiempo de Nehemías, cuando el pueblo había regresado del sufrimiento y la división. De ser así, estamos ante la alegría de la redención. Y si ellos estaban llenos de gozo porque Dios los había redimido de un exilio temporal, nosotros debemos mucho más gozosos porque por nuestro pecado estábamos destinados a permanecer en eterna enemistad con el Señor, pero él nos ha atraído hacia sí mismo por la sangre de su Hijo.

Por tanto, no cabe en el pueblo de Dios el pensamiento erróneo de que podemos disfrutar de comunión con él y no con aquellos que él ha redimido. Más bien, es en el contexto de la comunión con otros que disfrutamos la verdadera comunión espiritual con el Padre.

Ilustrando la comunión

En el versículo 2, el salmista usa ilustraciones que los reunidos podían entender. Estas ilustraciones hablan del óleo y el rocío, dos imágenes muy claras para el pueblo de Israel mediante las cuales comprenderán lo agradable que es la comunión unos con otros.

Primero, el salmista habla sobre el óleo que se derramaba sobre Aarón el sumo sacerdote. Este era un aceite especial con el cual el sumo sacerdote era ungido como símbolo de su consagración al Señor (Éx. 29:7). Sin duda alguna, este aceite era tenido en gran estima y tendría un olor muy agradable.

Por tanto, el salmista retoma esa figura para ilustrar la comunión entre el pueblo de Dios. Básicamente, el salmista dice que la comunión entre los redimidos es tan agradable como el aceite más delicado. Ahora bien, nosotros podemos comprender esto aún mejor porque el Espíritu de Dios y su amor han sido derramados en nuestros corazones, y por eso podemos disfrutar de verdadera comunión fraternal con nuestros hermanos (Ro. 5:8).

La segunda figura que el salmista usa es la del rocío que cae sobre los montes de Sion. Ante esto, dice un comentarista:

«En la mente popular, por bajar del cielo sin ruido alguno, el rocío es emblema de bendiciones divinas. Aquí, el pueblo de Israel, venido de todas las tribus y reunido densamente en torno al templo de Sion, es como las innumerables gotas de rocío que cubre los montes, y su concordia en la multiforme cantidad es condición y causa de prosperidades materiales, nacionales y religiosas, como don del cielo»

Esto nos hace entender que la comunión es una bendición de Dios. Aunque el sencillo hecho de venir cada semana para adorar a Dios junto a otros creyentes se vea como algo normal y rutinario, necesitamos darnos cuenta de la gran bendición que tenemos al reunirnos para cantar, orar unos por otros, aprender juntos de la Palabra de Dios.

Ahora la pregunta para nosotros es: ¿Estamos disfrutando de la comunión con nuestros hermanos?

2. El resultado de la Comunión

Como si la belleza de la comunión no fuera suficiente, encontramos en este salmo que Dios es glorificado en nuestra comunión. Como dice el salmo, el Señor reacciona a nuestra comunión a través de enviar su bendición y vida eterna. Es “allí” donde hay verdadera comunión que Dios es glorificado y su corazón movido a enviar bendición y vida eterna.

Si lo pensamos, el hecho que muchas veces no seamos bendecidos espiritualmente como iglesia de manera que disfrutemos de una comunión plena con el Señor se debe a que precisamente no estamos valorando la comunión con nuestros hermanos. Donde hay división, el Señor no envía su bendición. Es necesario que los creyentes mediten en esto seriamente, porque parte vital de la efectividad de nuestro ministerio se debe precisamente al hecho de que tengamos o no comunión.

Por ejemplo, el Señor Jesús pidió al Padre que seamos perfectos en comunión para que demos testimonio al mundo de que Jesús salva verdaderamente.

Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. (Jn. 17:23)

Las personas pueden conocer el amor de Dios cuando los que proclaman el amor de Dios, muestran, viven, y comparten el amor de Dios. Parece redundante, pero así es. Nadie podrá comprender el amor de Dios, si nosotros no somos un testimonio vivo y real de ese amor.

Cuando el pueblo de Dios comienza a disfrutar de verdadera comunión, el Señor es glorificado, envía su bendición y las personas son traídas a la vida eterna mediante la proclamación del evangelio que este pueblo unido lleva a cabo.

Conclusión

No podemos hacer más, sino postrarnos ante el Señor y pedir su perdón por nuestra falta de comunión y la ayuda de su Espíritu para que podamos vivir en verdadero amor unos con otros como su iglesia que somos.

Me he mudado a diegoportillo.org

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