La Gloria de Dios en la Enseñanza de su Palabra

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Me postraré hacia tu santo templo, y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas. (Salmos 138:2)

Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. (Salmos 119:89)

Esta es una de las preguntas más importantes que sin duda podemos enfrentar como creyentes. Muchas personas, al oír hablar del momento de la enseñanza o predicación de la Palabra, reaccionan de manera negativa, afirmando que la exposición de las Escrituras es algo aburrido y hasta infructuoso. Otros círculos cristianos han reemplazado definitivamente la predicación y estudio de las Escrituras por mensajes que animan a las personas a buscar lo mejor de sí mismas.

Contrario a esta tendencia, los salmos enseñan que Dios tiene un alto concepto de su Palabra revelada. Por ejemplo, el salmo 138:2 afirma que el nivel al que la Palabra de Dios ha sido exaltada es el mismo nivel al que su nombre ha sido glorificado. Por su parte, el salmo 119:89 afirma que la Palabra de Dios está colocada en los cielos y allí permanece para siempre; esto habla del nivel glorioso en el cual las Escrituras están según Dios.

Por tanto, es preciso decir que el concepto que tengamos de la Palabra de Dios es el mismo concepto que tendremos de Dios mismo. Si nos volvemos y prestamos atención a la Palabra de Dios, estaremos volviéndonos y prestando atención a Dios. Pero si despreciamos y no prestamos atención a predicación de las Escrituras, estaremos despreciando y quitando nuestra atención de Dios.

Entonces, para comprender cómo Dios es glorificado en la enseñanza de su Palabra, consideraremos tres verdades claramente enseñadas en la Biblia: 1) Dios quiere que le conozcamos; 2) Conocemos a Dios por medio de la Biblia; 3) Dios es glorificado cuando le conocemos por medio de la Biblia.

1. Dios quiere que le conozcamos

El Señor se ha dado a conocer a los seres humanos a pesar que éstos le han vuelto la espalda. Desde que Adán y Eva cayeron en desobediencia, el Señor prometió que un día serían salvados por medio de Uno que vendría a dar un golpe mortal a la serpiente (Gn. 3:15) y de esta manera, la muerte a la que fueron sometidos a causa del pecado sería revertida y tendrían vida eterna. Este es conocido por muchos como el “protoevangelio”, o el primer anuncio del evangelio registrado en la historia humana.

Más adelante, el Nuevo Testamento nos revela que esta vida eterna que Dios daría por medio del Salvador consiste precisamente en el conocimiento del Señor:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Jn. 17:3)

Como dice Jesús en este versículo, la vida eterna no está definida en términos de bienestar económico ni físico, ni en términos de sentimientos y emociones religiosas, sino en términos de conocimiento. No hemos sido llamados del mundo para venir y sentir energías misteriosas a la hora del culto, ni para vivir sin problemas, sino para conocer constantemente al Señor. Él nos ha llamado para que le conozcamos y andemos en su Ley.

De hecho, de acuerdo al autor de Eclesiastés, conocer y obedecer al Señor es lo que realmente vale la pena en la vida de los seres humanos:

El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. (Ecl. 12:13)

De todas las cosas que se mencionan en Eclesiastés (sabiduría, riquezas, placeres, etc.), la única que al final el escritor destaca como la verdadera razón de vivir es temer a Dios y guardar sus mandamientos. Claramente, temer y obedecer al Señor requiere que le conozcamos, pues no podemos obedecer a alguien de quien no sabemos nada.

El profeta Jeremías también nos exhorta a ser humildes y a nunca jactarnos de nada en la vida. Y si algún día quisiéramos destacar algo de valor en nuestra vida, debe ser el conocimiento que podamos tener de Dios:

Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová. (Jer. 9:24)

Vemos entonces que conocer al Señor es la máxima expresión de tener vida eterna. Si alguien está constantemente conociendo al Señor, entonces esa persona tiene vida eterna. Y si alguien no está conociendo al Señor, lo más probable es que esta persona aún se encuentre en un estado de muerte espiritual. Esto es un asunto de vida o muerte.

2. Conocemos a Dios por medio de la Biblia

Al entender que la voluntad del Señor es que le conozcamos, la pregunta que surge en nuestra mente es ¿Cómo puedo conocer al Señor? Y muchos han intentado responder a esta pregunta. Algunos dicen que para conocer al Señor simplemente debemos dejar que él nos hable y se nos revele de manera sobrenatural; debemos ayunar y luchar espiritualmente para que el Señor se manifieste de manera tal que no nos queden dudas de haber visto su gloria o escuchado su voz. Pero eso no es lo que las Escrituras enseñan.

Las Escrituras enseñan que conocemos al Señor por medio de la Biblia, por medio de su Palabra revelada.

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. (2 Tim. 3:16–17)

El Señor inspiró las Escrituras; esto significa que él es la fuente de la cual las verdades reveladas en la Biblia provienen. Entonces, cuando nos acercamos a las Escrituras, estamos conociendo al Dios que las inspiró. Y el propósito de inspirarlas no es simplemente dejar un libro al cual tengamos en alto concepto religioso, lo cual sería idolatrar la Biblia. Más bien, el Señor inspiró las Escrituras para revelar su carácter y para que nosotros le conozcamos e imitemos.

Es importante tener en cuenta que Dios no acepta nada que esté por debajo de su santo carácter. Por tanto, al afirmar que las Escrituras son útiles para caminar en rectitud delante de él, debemos entender que el Señor mismo está revelado en las Escrituras; su carácter santo ha sido revelado claramente en la Biblia y ésta nos enseña a nosotros cómo vivir de manera que le agrademos.

Cuando las Escrituras nos instruyen en cómo vivir, nos están instruyendo en la vida de Dios, nos están enseñando el carácter de Dios. Por eso afirmamos que conocemos al Señor por medio de la Biblia.

Otro texto que enseña claramente que el Señor se ha dado a conocer plenamente en la Biblia es Hebreos 1:1–2:

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.

Como dice el texto, el Señor siempre ha hablado a su pueblo. Primero, lo hizo por medio de los profetas, lo cual hace alusión a las Escrituras del Antiguo Testamento. Luego, reveló plenamente su plan de salvación en Jesucristo, y esta revelación plena es presentada en los libros del Nuevo Testamento.

Aparte de esta revelación, no necesitamos nada más. Para conocer al Señor sólo hay un lugar al que debemos correr: las Escrituras. Sólo allí podemos darnos cuenta de la persona y la obra de nuestro gran Dios.

3. Dios es glorificado cuando le conocemos por medio de la Biblia

Tal vez no lo hayamos pensado nunca así, pero cuando venimos y abrimos nuestras Biblias para escuchar la Palabra de Dios predicada, estamos delante del Señor. Y lo menos que podemos hacer es tener la debida reverencia; éste es un momento solemne en el cual el Señor glorifica su nombre por medio de revelar su voluntad para nosotros y nosotros respondemos en obediencia.

Debemos aprender de la reacción de los santos del Antiguo Testamento cuando escucharon la Palabra predicada por el sacerdote Esdras:

Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. (Neh. 8:2–3)

Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. 6 Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra. (Neh. 8:5–6)

Como podemos ver en este pasaje, la predicación de la Palabra es un momento solemne que exige de los redimidos la máxima atención y reverencia. El momento de la enseñanza de las Escrituras no es un momento trivial en el cual podamos hacer cualquier cosa menos prestar atención; es el momento en que el Señor está expresando su voluntad para nuestras vidas.

Cabe entonces preguntarnos: ¿Cuándo fue la última vez que nuestros corazones se humillaron al escuchar la voluntad del Señor predicada? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste confrontado al punto de las lágrimas al descubrir la santidad de Dios y tu propio pecado por medio de la enseñanza clara y fiel de las Escrituras?

Sin duda alguna, el Señor glorifica su nombre cuando su Palabra es predicada, ya que ella da testimonio fidedigno de quién es él y cuál es su voluntad para su pueblo. Si la Palabra de Dios ha sido exaltada al mismo nivel de su nombre, entonces cada vez que la escuchamos con atención y respondemos a ella en obediencia, estamos escuchando con atención y respondiendo a la voz del Señor.

Que el Señor nos perdone por todas las veces que no hemos sido capaces de ver su gloria revelada en su Palabra y que nos ayude a tener un oído más atento a su voz y un corazón dispuesto a responder en obediencia a su Palabra.

Me he mudado a diegoportillo.org

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