La gloria de Dios en nuestro servicio a otros

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Photo by Elaine Casap on Unsplash

No se olviden de hacer el bien y de compartir lo que tienen porque tales sacrificios agradan a Dios. (Hebreos 13:16)

Vivimos en una sociedad individualista, la cual está llena de personas que buscan siempre su propio beneficio. Mientras nosotros y nuestras familias estén bien, lo demás no tiene importancia. De los necesitados en la sociedad, que se encargue el gobierno, no nosotros. Y de los necesitados dentro de la iglesia, que se encargue el liderazgo o el ministerio de misericordia, y no nosotros.

Lastimosamente, esa no es una actitud cristiana. El egoísmo en ningún momento forma parte de las actitudes cristianas; de hecho, como veremos más adelante, hemos sido llamados del egoísmo al servicio, y eso significa que una de las características de los verdaderos creyentes es que se sirven unos a otros en amor.

Incluso más que una característica más de los verdaderos cristianos, nuestro servicio a otros es algo que glorifica a Dios. Como escribe el autor de la carta a los Hebreos, hacer el bien y compartir lo que tenemos son sacrificios que agradan a Dios. Esto hace que debamos prestar mucha atención a la manera en que nos conducimos en este asunto porque la Biblia nos llama a que, ya sea que estemos presentes o ausentes, en la vida o en la muerte, debemos anhelar ser agradables al Señor en todo momento (2 Cor. 5:9).

En esta ocasión, veremos a través de tres puntos que el servicio a otros es evidencia de nuestra salvación, que hemos sido equipados por Dios para servir a otros, y que este servicio que damos a otros tiene el fin último y supremo de glorificar a Dios.

1. Nuestro servicio a otros habla de nuestra libertad en Cristo

Ustedes fueron llamados a la libertad, hermanos; solamente que no usen la libertad como pretexto para la carnalidad. Más bien, sírvanse los unos a los otros por medio del amor, porque toda la ley se ha resumido en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Gálatas 5:13–14)

Escribiendo a los gálatas, el apóstol Pablo les explica que la libertad a la que han sido llamados no es aquella en la que pueden hacer lo que ellos quieren, sino aquella libertad que sirve a otros por amor. En otras palabras, la verdadera libertad cristiana no se define en términos de autonomía, sino en términos de servicio. Esto es muy paradójico, porque nuestro concepto de libertad está marcado por un deseo de no servir a nadie ni rendir cuentas a nadie, pero la libertad cristiana nos llama no a estar por encima de nadie, sino a servir.

En nuestro propio pecado, la ley del Señor simplemente nos condena, ya que no podemos cumplirla debido a nuestra propia corrupción radical. Sin embargo, debemos entender que, aunque somos libres de las demandas de la ley en virtud de la vida perfecta y el sacrificio expiatorio de Cristo, ahora somos libres de nuestro pecado para cumplir esa misma ley por amor. Ya no servimos a Dios como para ganar su aprobación por medio de la ley, sino que nuestro servicio a él es por amor y agradecimiento por librarnos de la condenación.

La ley es buena porque nos revela el carácter santo de Dios. Cuando leemos la ley, nos damos cuenta de la manera en que Dios desea que su pueblo camine en el pacto. Por tanto, somos liberados de la esclavitud del pecado por medio de Cristo y recibimos el Espíritu Santo que nos ayuda a caminar en obediencia a esa ley. Ahora servimos a otros porque comprendemos que la ley se resume en amar a nuestro prójimo.

Cuando Pablo dice en el versículo 13 que no debemos usar la libertad que tenemos en Cristo como excusa para la carnalidad, se refiere a que mediante el pecado y el desenfreno estamos comportándonos de manera egoísta y no mostramos el amor que deberíamos. Todo pecado ofende a Dios y a nuestro prójimo; y eso es lo que el Pablo está advirtiendo aquí.

Pensemos por un momento en pecados escandalosos como el asesinato o el robo. Estos pecados ofenden a Dios y afectan al prójimo. Pero también los pecados menos escandalosos como la mentira, los precios ligeramente alterados en nuestros negocios, las ganancias injustas, el chisme, etc., todos surgen de la falta de amor al prójimo. Por tanto, Pablo llama a los creyentes a darse cuenta que todas estas prácticas son propias de una vida de esclavitud en la que no agradamos a Dios sino que buscamos agradarnos a nosotros mismos.

Es en este llamado que Pablo nos llama a despojarnos del egoísmo que caracterizaba nuestras prácticas pasadas y a servir a nuestros hermanos de manera sacrificial por amor. Si vivimos de manera egoísta sin servir a los demás, podemos estar seguros de que la esclavitud del pecado aun encuentra expresión en nosotros y que necesitamos despojarnos de ella para vestirnos de Cristo y comenzar a servir a nuestros hermanos en amor y obediencia al Señor. Nuestro servicio a otros habla de nuestra libertad en Cristo.

2. Dios nos ha dado dones para servir a otros

El fin de todas las cosas se ha acercado. Sean, pues, prudentes y sobrios en la oración. Sobre todo, tengan entre ustedes un ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de pecados. Hospédense los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. (1 Pedro 4:7–10)

En estos versículos, el apóstol Pedro exhorta a los creyentes a servirse unos a otros con un ferviente amor. Aquí Pedro está llamando a los creyentes a despojarse del egoísmo que muchas veces separa a los hermanos cuando estos se ofenden unos a otros. Cuando escribe que el amor cubre una multitud de pecados, el escritor se refiere a que el amor debe prevalecer aun cuando otros creyentes hallan pecado contra nosotros; debemos perdonarnos unos a otros y prestarnos el mismo servicio sin murmuraciones. Aun si tuviéramos que recibir en nuestra propia casa y hospedar a un hermano que nos ha ofendido, debemos hacerlo sin murmurar ni reclamar; debemos practicar el perdón y servicio a otros a pesar de las circunstancias.

Después de esta exhortación, el apóstol habla sobre poner los dones que hemos recibido al servicio de los demás. Esto se refiere a las distintas habilidades con que hemos sido capacitados por Dios para servir a nuestros hermanos. La palabra dones no se refiere a cosas sobrenaturales que podamos hacer; se refiere más bien a habilidades que hemos recibido por la pura gracia de Dios, habilidades que no merecemos, pero que el Señor ha decidido poner en nosotros con el fin de que podamos administrar esa misma gracia que hemos recibido para servir a los demás.

Aunque en el versículo 11 Pedro habla de dones de enseñanza y de servicio, en el versículo 10 dice que cuando ponemos lo que hemos recibido al servicio de los demás, estamos manifestando la multiforme gracia de Dios. Esto significa que el Señor manifiesta su gracia a su pueblo a través de las distintas habilidades que nos ha entregado.

Si alguien puede enseñar, cocinar, cantar, tocar un instrumento, limpiar, manejar un vehículo, pintar murales, declamar, ordenar las sillas, servir con los niños, divertir a otros de manera sana, administrar finanzas, y cualquier otra habilidad buena, debe saber que es un don inmerecido de Dios y que de la misma manera que lo recibió del Señor, debe ponerlo al servicio de los demás para administrar correctamente la multiforme gracia de Dios. Incluso nuestras propias carreras deberían en cierta medida ser puestas al servicio de los demás; los doctores, anestesistas, maestros, arquitectos, ingenieros, abogados, diseñadores, administradores de empresas, mercadólogos, o cualquier otra carrera universitaria puede ser puesta al servicio de nuestros hermanos porque todo lo hemos recibido de pura gracia.

El Señor ha capacitado a los creyentes con distintas habilidades y estos son responsables de usarlas para servir a los demás.

3. Nuestro servicio a otros glorifica a Dios

Si alguien habla, hable conforme a las palabras de Dios. Si alguien presta servicio, sirva conforme al poder que Dios le da, para que en todas las cosas Dios sea glorificado por medio de Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. (1 Pedro 4:11)

Este versículo es la más clara expresión del verdadero propósito del servicio a los demás entre los cristianos. Puede haber otros pasajes donde se prometa galardones para los creyentes que sirvan a otros, pero este versículo muestra el destino hacia el cual se dirige verdaderamente todo nuestro servicio; vemos aquí la verdadera filosofía con la cual deberíamos entender y llevar a cabo nuestro servicio a otros.

El fin último de todas las cosas en la historia es que Dios sea glorificado por medio de Cristo. Ese es el plan eterno de Dios: reunir todas las cosas bajo la autoridad y gloria de Cristo; que todo ser exalte la majestad del Señor (Ef. 1:10; Fil. 2:11).

Y curiosamente, nuestro servicio a los demás no escapa a este plan. Si alguna vez pensamos que nuestro servicio a otros era opcional, nos equivocamos. Si alguna vez pensamos que nuestro servicio a otros era solamente un medio para ganar bendiciones de Dios, nos equivocamos. El fin último de nuestro servicio a los demás es que el Señor Jesucristo sea glorificado en todo lo que hacemos. Si alguien enseña o sirve de cualquier otra manera, debe saber que su principal motivo debe ser glorificar a Dios.

Realmente el versículo es muy claro y solo podemos observar algunos principios para glorificar a Dios cuando servimos a otros: 1) Seamos sinceros al servir a otros; 2) Sirvamos a otros conscientes de que estamos glorificando a Dios; 3) Hagamos cualquier clase de servicio con buena voluntad y con excelencia; 4) Busquemos diligentemente aquellas áreas en las que podemos servir a otros.

Conclusión

Como hemos visto, el servicio a otros no es una idea ni una opción humana; es la idea de Dios para su pueblo. Si no servimos a otros, no estamos dando testimonio verdadero de nuestra libertad en Cristo porque aún mostramos vestigios de nuestra esclavitud. Además, el Señor nos ha capacitado para servir a otros por medio de cualquiera de nuestras habilidades. Y todo esto tiene un fin principal: que en todas las cosas Dios sea glorificado por medio de Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos.

Es necesario entonces que oremos pidiendo dirección al Espíritu Santo para que nos ayude a discernir en qué áreas podemos servir a nuestros hermanos y cómo hacerlo para la gloria de Dios.

Me he mudado a diegoportillo.org

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