Panama Papers y la necesidad del Evangelio

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En las últimas dos semanas, los medios de comunicación han sido inundados con declaraciones muy controversiales sobre distintas personalidades que el mundo levanta como sus representantes en distintas áreas. Presidentes, políticos, músicos de renombre y reconocidos deportistas han sido relacionados con el mayor escándalo fiscal en la historia, denominado Panama Papers.

El problema

Básicamente, el escándalo se debe a que estas personalidades importantes han sido descubiertas por un hombre que filtró poco más de tres millones de archivos en los que se revelan trámites fraudulentos a favor de empresas que realmente no existen, es decir, empresas que existen solo en papel, pero que no realizan ningún tipo de actividad en el país en que están registradas, que en este caso es Panamá. Todo esto con el fin de esconder o desviar fondos a cuentas bancarias de dichas empresas, y así evitar pagar tributos o impuestos a los gobiernos. De esta manera, el patrimonio de una persona pasa desapercibido ante las cortes de cuentas, y estas personas no tienen que dar explicación sobre la procedencia de todos esos bienes.

No sabemos cómo vaya a terminar todo eso, pero puedo imaginar una ola de impunidad increíble.

El problema real

Cuando damos un vistaso a la Biblia, nos damos cuenta de que ese problema que ahora sacude al mundo es parte de un problema más grande que es común a todos los seres humanos… ¡el pecado!

El Apóstol Pablo, en el primer capítulo de su carta a los romanos, explica el mal de los seres humanos. Dice que, como ellos no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran las cosas que no convienen; estando llenos de toda injusticia, maldad, avaricia y malicia; colmados de envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad; son chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados; los cuales, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también dan su aprobación a los que las practican. (Ro 1:28–32) ¡Ese es el estado real de todo hombre! Un estado de rebeldía en contra de Dios que nos hace acreedores de su justa ira.

La necesidad del evangelio

Muchas veces se califica de incompleta la frase de que sólo Dios puede llenar el vacío del hombre. Sin embargo, tratada correctamente, la frase es muy cierta. Recordemos que lo que el hombre perdió en la Caída fue la relación con el Creador, fue apartado de Su gloria, y se volvió ciego a la misma. Mientras el hombre esté muerto en el pecado, no puede apreciar la gloria de Dios, e intentará llenar su vida con tantos placeres como le sea posible. Por ejemplo, estas personas a las que ahora el mundo descubre están tratando de acumular tesoros terrenales de acuerdo a su avaricia. Lastimosamente para ellos, nada podrá llenar sus vidas, sino sólo Dios.

En su libro Dios es el Evangelio, John Piper dice que el mayor regalo que Dios le da al hombre en el Evangelio es Él mismo. Puedo decir con toda seguridad que esto es cierto, porque ahora nuestros afectos ya no están inclinados al pecado o a lo material, pues hemos descubierto el verdadero Tesoro; ahora, después de estar destituidos, apartados de la gloria de Dios a causa del pecado, podemos disfrutar de comunión con Él mediante nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien satisfizo la justa ira de Dios en la cruz, y compro la salvación de los suyos.

Tanto estas personalidades importantes, como los iletrados y huérfanos en cualquier parte del mundo necesitan el maravilloso Evangelio de la gracia de Dios. No somos nada, por mucho dinero que podamos acumular, por mucho que podamos burlar a las autoridades, o por muchas actitudes buenas que podamos tener, hasta que el glorioso Evangelio de la gracia nos alcanza, y Dios nos hace un llamado eficaz, un llamado de muerte a vida.

Nuestra responsabilidad

Como Dios nos ha permitido creer en el Evangelio y nos promete que todo aquel que cree en Él no será avergonzado, debemos tomar nuestra responsabilidad en todo este asunto, y proclamar que sólo el Evangelio es el poder de Dios para salvación a todo el que cree. Empecemos por nuestra comunidad, nuestra escuela o lugar de trabajo, e incluso hagamos hincapié en la necesidad de que el evangelio sea el centro en la iglesia.

Por la gloria de Dios, la edificación de su Iglesia, y la predicación de su Evangelio a toda tribu, lengua, pueblo, y nación.

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