Tristeza por el Pecado

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Photo by Nik Shuliahin on Unsplash

Si eres un verdadero creyente y has pecado, seguramente te has identificado con el ruego de David cuando había pecado contra el Señor.

Piénsalo de esta manera: El hombre cuyo corazón el Señor vio para elegirlo como rey de Israel, y de quien más adelante el Señor diría que era un hombre conforme al corazón de Dios, estaba ahora asediado y acusado por el pecado que había cometido.

Y no es para menos. David había cometido adulterio, lo había intentado cubrir, y en su intento había trazado un plan que le llevaría a ser culpable de asesinato. No era un pecado menor. David había ofendido a su Señor con estos hechos tan escandalosos y vergonzosos.

Por tanto, cuando fue confrontado, David oró desesperadamente:

No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. (Salmo 51:11–12)

David tenía miedo de que la presencia del Señor lo abandonara para siempre y estaba falto de gozo, seguramente con una profunda tristeza y amargura a causa de su pecado. Y es que así nos sentimos cada vez que fallamos al Señor. Nos sentimos con temor, ansiedad y angustia por haber ofendido a nuestro Dios.

En esa misma situación pero en otro Salmo, David relata lo que le sucedió mientras ocultaba su pecado y no buscaba orar de manera penitente (rogando perdón).

Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. (Salmo 32:3–4)

Sé que has estado allí. Yo lo he estado. Escribir estas líneas no es una casualidad.

Cuando pecamos y tratamos de ocultarlo y no lo confesamos al Señor, nuestra vida se llena de amargura y tristeza. Y eso es claramente lo que debe suceder, ya que estamos contristando al Espíritu Santo con nuestro pecado.

Es posible que en la desesperación nos preguntemos: ¿Qué puedo hacer para restituir mi pecado?

Y la única respuesta que en mi desesperación encuentro es humillarme delante del Señor y rogar su misericordia. No estamos llamados a hacer pactos, prometer ofrendas monetarias, hacer penitencias para someter nuestro cuerpo.

Tan lleno de gracia es el Señor que nos llama a confesar nuestro pecado y rogar por misericordia y limpieza, sabiendo que él es un Dios que puede efectuar tales cosas en nosotros, simples e imperfectos pecadores.

Oh, que podamos orar como lo hizo David al confesar su pecado:

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. (Salmo 51:1–3)

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. (Salmo 32:1–2)

¡Nuestra única esperanza es el Dios de justicia y gracia!

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